
Por: Elbert Coes
El
personaje es uno de los elementos principales al momento de la construcción de
un relato.
Quizá
sea el más importante.
Un
personaje podrá ser el hilo conductor en la serie de aventuras de uno o de varios
individuos, de sucesos históricos o de revelaciones metafísicas.
Determinada
obra puede versar su tema sobre el personaje en sí o puede usar al personaje
para exponer determinado tema; y puede prescindir de algunos de sus elementos,
por ejemplo de la polifonía, la musicalidad, la poesía, la cronotopia, pero
jamás podrá hacerlo de un personaje.
No
obstante en la literatura no se halle confirmación absoluta, por ahora el
personaje es inminentemente necesario en el relato, cuento, novela o biografía.
Igual
que en el teatro, su construcción requiere de esfuerzo y observación.
Unas
cualidades serán de origen ficcional, pero otras, las que le harán una figura
creíble, se basarán en sujetos ya existentes; un pariente preferiblemente del autor,
un vecino, un miembro de la misma empresa, la persona que trabaja en la cafetería
donde el autor suele reunirse a conversar, una figura pública, alguien
histórico, e incluso otro personaje literario. En la actualidad la literatura
ha empezado a tomar elementos del cine no sólo en la estructura, el ritmo y las
técnicas narrativas, sino también en la elaboración de personajes.
Es
importante mantener un equilibrio entre la ficción y la realidad. El personaje
cuyas cualidades son tomadas de lo cotidiano en aras de convencer al lector, no
debe desobedecer en su comportamiento a los lineamientos del relato. Lo que
quiere decir que determinada cualidad, por interesante que haya sido o sea en
la vida diaria, si no es útil para la historia que se quiere contar, debe ser
descartada. Del mismo modo, al personaje se le debe hacer adaptaciones para adecuarlo
el relato cuando por carecer de determinada cualidad sea imposible continuar la
acción.
Lo
que siempre hay que tener en cuenta es que los seres humanos tenemos hábitos y
marco de acción y de pensamientos. El personaje debe ser llevado en ocasiones
al límite de sus posibilidades, que no es lo mismo que decir “al límite de lo posible”,
pues “lo posible” es demasiado amplio. Pero tampoco debe temerse que éste varíe
sus actitudes, menos si dichas variaciones resultan coherentes con lo que se
está contando.
Se
puede dejar estático a un personaje a lo largo del relato, sin evolución, pero
no se le puede dejar plano, es decir, que permanezca invariable en sus actitudes.
Debe funcionar como el relato mismo, en una especie de subibajas tal como el
rebote de una pelota de ping pong. Debe
reaccionar ante los estímulos que se le presentan exteriores a él, o ante sus
propias meditaciones en el caso de personajes con cualidades en su mayoría psicológicas.
Lo
anterior permite mencionar que la evolución o la involución de un personaje
literario puede estar enfocada en uno o varios de los aspectos que lo componen:
psicológico, emocional, físico, intelectual… pero también puede mantenerse intacto.
A
pesar de esa libertad que tiene el autor, se debe tener en cuenta que los
personajes más creíbles son aquellos en los que el lector identifica las
diferentes características del individuo, y que a lo largo de un relato hacen
cambios para mal o para bien.
