25 noviembre 2015

CARTA DE DOLOR

 Por: Bairon Ramírez Mejía


Fecha: Mañana, ayer, hoy


Me duelen las rodillas de tortuga, por el frío. ¿Será que me van amputar las piernas como al santo? Tal vez así mi obra de párvulo sea famosa. Aunque desprecio la fama.

Me las amputarán en vano.

La otra semana sentiré más dolor, pero será un dolor distante. Ya no estaré en esta ciudad de noches frías y dolorosas.

Ya no sé qué escribir.

...

¿Se me habrán acabado las palabras?

¡Estas teclas son infinitas!



02 noviembre 2015

DIOS Y AZAR

Por: Mateo Matías Arango

“… campanadas celestiales que esnifan el bazuco,
el polvo derrochado por el sol
que desamparó este pedacito de ciudad”

No tengo paz con esta ciudad colmada de neurosis, ni goce; mi dionisiaco placer me lo han robado las chicas de la vida alegre que pululan bajo los hospedajes residenciales entre séptima y octava.
"El azar no existe, Dios no juega a los dados"; el mío ha caído bajo la misma dirección de los dados de un viejo bullicioso que, como Einstein, sabe que Dios no regala monedas.
Una niña ya crecida —cumpliendo las promesas de la ciudad moderna— aguarda sin quisquilleos para quedar presa en una de las esquinas del enviciado tablero. Reza como le enseñó su tata para que aquel hombre al cual se le ha ido desvaneciendo la juventud en las cárceles del parque, no se le desvanezca la suerte; caigan los dados en par (una victoriosa partida para una noche de ajetreo nocturno) acompañados de campanadas celestiales que esnifan el bazuco, el polvo derrochado por el sol que desamparó este pedacito de ciudad, de libertad; de un parque donde los niños juegan a recolectar monedas de peso y luchan contra los pájaros por las migajas de pan.
La audacia informal de aquella falda ceñida a unas piernas carcomidas por el animal que contempló Steinbeck como ciudad, es la antítesis de que dios y azar no se entrelazan en la perla. 




01 noviembre 2015

¡PORQUE HUBO QUE TRABAJAR, TRABAJÉ!

Por: Bairon Ramírez Mejía



"Yo sólo me preocupaba
por tratar de hacer
rodar el trompo,
maldito trompo de palo".

Desde muy pequeño salí a deambular las calles con mi papá: él pendiente de mí, o yo pendiente de él. Mejor dicho, los dos pendientes de los dos. Él me miraba mientras yo ahí, todo chiquitico, sí, más chiquito de lo que soy ahora, gritaba con esos pulmones que solo yo poseía, unos pulmones limpiecitos y jóvenes. “¡Bonice, Bonice!’’. Luego, él, como todo buen o no buen colombiano, se independizó, y ya no gritábamos “Bonice’’ sino “limpiones, platos soperos, cucharas, tenedores, traperos, agujas’’ y más cosas que ya no recuerdo, pues estaba muy pequeño. Después, por un incidente, o azares del destino, si es que existe tal cosa fantástica, iniciamos profesiones diferentes. Yo sólo me preocupaba por tratar de hacer rodar el trompo, maldito trompo de palo. Los demás niños contaban con la ventaja de uno de pasta, ese sí rodaba. Y mi papá cambió su carro lleno de colores y de cositas que no se vendieron por uno de los mismos, pero tintero. Perdiendo así el color y la gracia; pudo haber sido la cafeína.

CARTA A MIS AMIGAS NOCTURNAS

Por: Bairon Ramírez Mejía

Fecha: por la mañana de hoy

Saltan unas hormigas desde mi cama hasta el teclado del computador que me regalaron a cuotas muy caras. En él empiezan a escribir una carta a su gran madre.

     En ella dicen que yo ronco mucho y no las dejo dormir. Me levantan entre todas, mientras yo sueño con hormigas culonas, y me meten debajo de la cama. Ellas se acuestan arriba, sobre mi cadáver. Se colocan los auriculares y suena ‘’Delirio’’ de los Yetis. De fondo, dizque, mis ronquidos silenciosos continúan.

     Entonces me sacan, abren la puerta con mucho cuidado, para no despertar a la gata asesina de hormigas nocturnas; y me llevan a deambular con ellas.

     Amanecemos ebrios de existencia, en el parque Simón Bolívar de una ciudad que me adoptó. Sentimos vergüenza. El señor Bolívar nos muestra sus testículos y sus vellos que no se ven con el reflejo de la luz mañanera. Empiezan a salir los transeúntes de sus nidos de cemento, bahareque y mierda. Nos juzgan por nuestra condición de seres taciturnos.

     Entonces, nos miramos a los ojos y a las patas. Pensamos en qué haremos en la noche. Decidimos que ellas dormirán, mientras yo salgo a buscarle trapos al caballero sobre el caballo.

     Les pido que me lleven entre todas a un lugar lindo.


     Ellas se burlan de mí y se van volando.