Por: Bairon Ramírez Mejía
"Yo sólo me preocupaba
por tratar de hacer
rodar el trompo,
maldito trompo de palo".
Desde
muy pequeño salí a deambular las calles con mi papá: él pendiente de mí, o yo
pendiente de él. Mejor dicho, los dos pendientes de los dos. Él me miraba
mientras yo ahí, todo chiquitico, sí, más chiquito de lo que soy ahora, gritaba
con esos pulmones que solo yo poseía, unos pulmones limpiecitos y
jóvenes. “¡Bonice, Bonice!’’. Luego, él, como todo buen o no buen colombiano,
se independizó, y ya no gritábamos “Bonice’’ sino “limpiones, platos soperos,
cucharas, tenedores, traperos, agujas’’ y más cosas que ya no recuerdo, pues
estaba muy pequeño. Después, por un incidente, o azares del destino, si es que
existe tal cosa fantástica, iniciamos profesiones diferentes. Yo sólo me
preocupaba por tratar de hacer rodar el trompo, maldito trompo de palo. Los
demás niños contaban con la ventaja de uno de pasta, ese sí rodaba. Y mi papá
cambió su carro lleno de colores y de cositas que no se vendieron por uno de
los mismos, pero tintero. Perdiendo así el color y la gracia; pudo haber sido
la cafeína.


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