Por: Bairon Ramírez Mejía
Fecha: por
la mañana de hoy
Saltan unas
hormigas desde mi cama hasta el teclado del computador que me regalaron a
cuotas muy caras. En él empiezan a escribir una carta a su gran madre.
En ella
dicen que yo ronco mucho y no las dejo dormir. Me levantan entre todas,
mientras yo sueño con hormigas culonas, y me meten debajo de la cama. Ellas se
acuestan arriba, sobre mi cadáver. Se colocan los auriculares y suena ‘’Delirio’’
de los Yetis. De fondo, dizque, mis ronquidos silenciosos continúan.
Entonces me
sacan, abren la puerta con mucho cuidado, para no despertar a la gata asesina
de hormigas nocturnas; y me llevan a deambular con ellas.
Amanecemos
ebrios de existencia, en el parque Simón Bolívar de una ciudad que me adoptó.
Sentimos vergüenza. El señor Bolívar nos muestra sus testículos y sus vellos
que no se ven con el reflejo de la luz mañanera. Empiezan a salir los
transeúntes de sus nidos de cemento, bahareque y mierda. Nos juzgan por nuestra
condición de seres taciturnos.
Entonces,
nos miramos a los ojos y a las patas. Pensamos en qué haremos en la noche.
Decidimos que ellas dormirán, mientras yo salgo a buscarle trapos al caballero
sobre el caballo.
Les pido
que me lleven entre todas a un lugar lindo.
Ellas se
burlan de mí y se van volando.


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